Edgard Corona adelantó en 2007 la visión que originaría Smart Fit

Edgard Corona adelantó en 2007 la visión que originaría Smart Fit

En un reportaje inédito de 2007, Edgard Corona anticipó la visión que daría origen a Smart Fit. A través de un retrato íntimo y detallado, realizado en el restaurante del Hotel Faena, en Puerto Madero de la Ciudad de Buenos Aires, compartió sus ideas y aprendizajes, que años antes ya señalaban el camino hacia el nacimiento de la mayor cadena de gimnasios de América Latina y la tercera más grande del mundo.

La vida que formó a Edgard Corona

Edgard nació en San Pablo, Brasil, el 23 de octubre de 1956. Lleva dos apellidos que cuentan su origen: Gomes, del abuelo materno español de Galicia, y Corona, del abuelo paterno italiano. Eligió usar públicamente “Corona” porque en Brasil, dentro de la tradición latina, es el apellido paterno el que tiene mayor peso.

Creció en una familia numerosa. Tenía cuatro hermanos, perdió uno por cáncer y en ese entonces aún estaban vivos José, André y Georgia. Es el mayor, algo que, sin decirlo, aparece en su sentido de responsabilidad, en cómo conduce las conversaciones y en su manera práctica de ver las cosas.

Está casado por segunda vez. Del primer matrimonio nacieron Ana Carolina, Diogo y Camila. Del segundo, las gemelas que en 2007 tenían un año: María Clara y María Paula. Los tres hijos mayores —entonces de 21, 20 y 17 años— estudiaban Administración en buenas universidades de San Pablo.

Realizó toda su formación escolar en el tradicional Colegio Santo Américo, un seminternado con nueve horas diarias de estudio, campos de fútbol, dos gimnasios cubiertos, piscinas y seis horas semanales obligatorias de deporte. Fue allí donde se acercó al deporte: jugó fútbol, nadó y se convirtió en atleta de waterpolo, llegando a integrar la selección paulista juvenil y rozando un lugar en la selección brasileña, sueño que se interrumpió cuando los entrenamientos nocturnos chocaron con sus clases universitarias.

A los 14 años ya iba al gimnasio. Sin saberlo, allí plantó la primera semilla de algo que germinaría décadas más tarde.

De la usina al fitness: los primeros aprendizajes

Antes de entrar al fitness, Edgard tuvo otra vida. Estudió Ingeniería Química y, mientras cursaba, trabajó en una siderúrgica para aprender procesos industriales. Luego pasó por Copersucar, responsable de comercializar el 70% del azúcar brasileño. Se casó joven, se mudó a Ribeirão Preto y, a los 23 años, asumió responsabilidades en la fábrica familiar —Açucareira Corona—, a la que dirigiría hasta los 37.

La usina era un mundo: 7.000 empleados, una facturación anual de entre U$150 y U$200 millones de dólares, exportaciones a varios mercados y un salto productivo de 1 millón a 6 millones de toneladas. Fue allí donde entendió el peso de la responsabilidad y también donde acumuló arrepentimientos profundos.

El más duro: no haber conocido de cerca la vida de los cortadores de caña, que vivían en alojamientos precarios. Años después, al ver en televisión imágenes similares, se dijo a sí mismo: “¿Cómo no entré a esos alojamientos? ¿Cómo no conocí la historia de vida de quienes trabajaban conmigo?”

De la usina se llevaría para siempre un principio que moldearía su gestión futura: cuidar a las personas no es gentileza: es estrategia.

El salto al fitness: Edgard Corona construye los cimientos

En medio de un fuerte conflicto familiar, dejó la usina. Ya había cometido —según sus propias palabras— su “primer error”: invertir en un gimnasio sin saber nada del sector. Confió en la visión optimista de un gerente, hizo un análisis equivocado y puso 800 mil dólares en una unidad mal ubicada, con un proyecto arquitectónico deficiente y un concepto frágil.

De un negocio que facturaba 200 millones al año pasó a otro que movía 1 millón. “Había que calibrar el tiro”, dice, riéndose de sí mismo.

Cuando vio que la operación iba mal, decidió asumir el mando. Luego abrió una unidad en la Avenida Paulista, que funcionó muy bien. Compró otras, algunas problemáticas: equipos tóxicos, zonas degradadas, costos elevados. Pero enfrentó todo con la misma obstinación que tuvo en la industria azucarera.

Lo que ya sabía hacer —vender, liderar, estructurar procesos, innovar— comenzó a aparecer en Bio Ritmo, aunque aún de forma artesanal.

Y fue en ese contexto, en 2007, cuando conversamos en el Faena, dos años antes de la inauguración de la primera Smart Fit.

Principios de Smart Fit que Edgard Corona anticipaba en 2007

Durante casi dos horas, Edgard dejó claro que tenía una lectura madura del negocio de gimnasios. Nada romántico. Nada místico. Todo basado en experiencia, errores y observación.

A continuación, sus principales aprendizajes —todos surgidos de esa conversación— y que siguen siendo hoy valiosas lecciones para cualquier dueño de gimnasio.

1.⁠ Las personas primero — siempre
De la usina se llevó la convicción de que los equipos solo funcionan cuando se sienten cuidados.
“Si cuidas a las personas, las personas te cuidan a ti.”

2.⁠ Vender es ayudar — no empujar
Crítica al modelo tradicional de ventas y apuesta por ventas consultivas con propósito.

3.⁠ La retención es el indicador supremo
Mucho antes de que el sector hablara de churn y lifetime value, Edgard afirmaba: “La retención mide calidad.”

4.⁠ El uso crea hábito — y el hábito crea permanencia
Programas de acompañamiento para generar hábitos y fidelidad, no solo ventas.

5.⁠ La ubicación es destino — pero el flujo es vida
Importancia del flujo de personas frente al gimnasio, base futura del modelo Smart Fit.

6.⁠ El crecimiento sostenible exige densidad
Expansión ordenada, primero consolidando ciudad y equipo, luego creciendo.

7.⁠ El mercado se ilusiona — y paga caro
Evitar sobreoferta y guerras de precios; enfocarse en calidad, retención y disciplina operativa.

8.⁠ Humildad: un activo raro
Aprender de otros operadores y escuchar para mejorar continuamente.

Antes de Smart Fit

Aquella mañana de 2007, Edgard no hablaba de grandes planes. Hablaba de personas, errores, procesos, cultura, ventas, retención, propósito.

Sin darse cuenta, ya llevaba dentro varios de los elementos que convertirían a Smart Fit en un fenómeno. Y por eso volver a esa conversación casi veinte años después resulta tan valioso: lo que Edgard veía entonces —con 12 gimnasios, muchas dudas y una historia industrial a cuestas— sigue siendo uno de los mapas más lúcidos para cualquier dueño de gimnasio.

Al final, su mayor enseñanza quizá sea la más simple: el fitness es un negocio hecho de gente. Y Edgard Corona lo entendió antes que muchos en este sector.

Señales tempranas del éxito de Smart Fit según Edgard Corona

En 2007, antes de que existiera Smart Fit, ya aparecían en el pensamiento de Edgard Corona señales claras de alguien capaz de crear algo fuera de lo común. Nada de esto era obvio entonces, pero todo estaba ahí, dicho con naturalidad aquella mañana de abril en Buenos Aires.

Algunos de esos indicios eran:

  • Visión de escala y densidad: entendía que las grandes redes crecen por concentración geográfica, no por expansión dispersa.

  • Obsesión con la retención como métrica central: calculaba el impacto financiero de bajar un punto de churn con precisión de ingeniero.

  • Ventas consultivas y con propósito: rechazaba comisiones tradicionales y apostaba por darle significado al trabajo de la fuerza comercial.

  • Formación continua de líderes: tenía un pipeline de gerentes preparado para abrir múltiples unidades —algo muy inusual en 2007.

  • Estrategia de ubicación basada en flujo real: “primero la vecindad, segundo el flujo” era su mantra.

  • Lectura crítica del mercado: sabía que la sobreoferta era fruto de ilusiones y que solo calidad, proceso y disciplina sostienen el crecimiento.

Para conocer más detalles sobre la trayectoria de Edgard Corona y la evolución de Smart Fit en América Latina, se puede consultar el informe completo de la entrevista inédita aquí. Para escuchar el podcast acceda aquí.

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