Gimnasios premium, ¿la última tendencia?

Gimnasios premium, ¿la última tendencia?

Algunos centros autodenominados premium ofrecen prácticamente el mismo servicio que los mid-market o los low cost. Entonces, ¿en qué consisten y cuáles son realmente los centros deportivos premium de hoy?

Hace ya casi cinco años que empezamos a hablar de los nuevos gimnasios low cost, de cómo se consolidarían como otra propuesta de servicio dentro del mercado del fitness y de la consiguiente polarización del sector. Y así ha sido, el modelo de bajo costo ya está consolidado y continúa su crecimiento dentro de la industria como una propuesta más, pero ¿se ha producido esa polarización?

Podemos enumerar las nuevas cadenas low cost y ¿las premium? ¿Cuántas cadenas nuevas de centros premium hay? ¿Cuántos nuevos centros premium tenemos? ¿Qué ha pasado con los que había? Entonces, ¿dónde está esa polarización?

En otros sectores e industrias los usuarios continúan pagando altos precios por artículos de categoría premium, pero parece que en el fitness ¿el consumidor no quiere pagar €70 euros (U$73) al mes por un gimnasio premium y sí prefiere pagar €24 euros (U$25) por uno low cost?

Hace un tiempo viajamos a Nueva York, en Estados Unidos, para estudiar lo que estaba pasando en nuestro sector, en la fábrica de tendencias: Manhattan. Visitamos la última instalación creada por David Barton, el creador de los centros más cool del mundo, y pude probar el fabuloso sistema inmersive de ciclismo indoor, de la mano de la más conocida franquicia de clases precoreografiadas, algo que sólo se puede disfrutar en nueve gimnasios del mundo.

Esta fue la experiencia de ciclismo indoor por definición: pantalla de 180 grados, tres proyectores, un sonido increíble y un espectáculo digno de un parque de atracciones. Pero fue decepcionante y mucho. No por el gimnasio, que es espectacular. No por la clase, que fue muy buena y la que recomiendo a todos, porque el producto es muy bueno.

Al acudir al gimnasio, amablemente invitados por la directora, sólo nos dijeron: “pasen”. Tuve que bajar solo las escaleras, buscar solo los vestuarios y averiguar cómo funcionaban las taquillas. Al salir del vestuario, nadie me esperaba. Busqué por mi cuenta la sala de ciclismo indoor y tuve que hacer cola para poder entrar. Debido a la demanda de la clase, me tuve que “pelear” para subir a una bici. Algunos de mis amigos no pudieron entrar.

Nadie me ayudó a subir a la bicicleta, ni me explicó cómo funcionaba, ni me la reguló. Nadie me saludó al entrar, no me prestaron zapatillas con calas, no me dieron una botella de agua ni una toalla. Al acabar la clase, la gente se bajó de la bici y se fue. El instructor no se despidió de mí ni me preguntó cuándo volvía. Salí triste de esa clase –que hice sin toalla, sin agua y sin calas, porque esperaba a que me las dieran–.

El experimentado lector pensará que mi experiencia es la normal de una clase de ciclismo indoor, como la que tenemos en absolutamente todos los gimnasios de este país y de muchos otros. Y está en lo cierto. La cuestión es que yo llevaba ya varios días recorriendo centros boutique. Y esperaba esa misma experiencia.

Había ido a distintos centros: de ciclismo indoor, de boxing, de baile, de entrenamiento de alta intensidad y de las temáticas más inverosímiles, pero todos con el mismo trasfondo. Eran centros boutique, eran centros premium, de verdad.

Estamos hablando der reservar la clase en dos pasos en una app y elegir la bicicleta exacta –como en la reserva de asientos en los aviones–, sabiendo dónde está el instructor, los altavoces y el aire acondicionado. Además de poder elegir al instructor por sus listas de reproducción musical favoritas.

Acudir al centro y que ya sepan tu nombre. Que te pasen a una sala de espera increíble, con frutas, bebidas y repostería gratuita. Que te den toalla, agua y zapatillas con calas impecables. Que te acompañen a la bicicleta, te la regulen y te coloquen las zapatillas en las calas del pedal.

Contar con una clase con DJ en vivo, con una instructora que parece una rockstar y con dos asistentes dentro de clase pendientes de los usuarios en todo momento, quienes te traen más agua, otra toalla o lo que uno necesite. Una clase grabada en vivo que se reproduce en streaming y que miles de personas hacen contigo al mismo tiempo.

Al salir, el instructor te saluda, se despide, se hace un selfie contigo, te agenda la siguiente clase y una amable asistente consigue que te lleves dos camisetas de esa marca. Recibir tres mail de bienvenida al inscribirte y que te sigan enviando mails cada semana con retos, regalos, premios y celebraciones.

Todo eso se traduce en U$34 dólares la clase. Con 58 bicicletas por sesión y siempre llenas. Ahora dejo al lector que multiplique los ingresos por cada clase.

Eso es premium. Eso es una experiencia tan sublime que, después de vivirla,  un servicio “normal” de un centro de fitness clásico para mí fue decepcionante. Ése es el secreto de los premium. Ésta es la polarización de nuestro sector.

La cuestión es que algunos gimnasios “premium” ofrecen prácticamente el mismo servicio que los centros de “mid-market” o que uno low cost. Posiblemente más bonitos, con spa, pistas de tenis u otras instalaciones mejores, pero en el fondo el producto y el servicio no es tan distinto, tiene muy pocas diferencias.

Pero ya están aquí los centros boutique y poco a poco se harán su hueco en el mercado. Ya están aquí los nuevos gimnasios premium.


José Luis Gaytán

Consultor. Master en Gestión de Entidades y Servicios Deportivos. Director de operaciones y expansión de la cadena española de gimnasios low cost Fitness 19

Consultor. Master en Gestión de Entidades y Servicios Deportivos. Director de operaciones y expansión de la cadena española de gimnasios low cost Fitness 19